Cicatrices en el alma

 

                                               



Les presento a Emma, una nena de ocho años, y los invito a acompañarla como guardianes invisibles en este pequeño extracto de su vida. Van a poder ver, escuchar y vivir lo que ella vea, escuche y viva, podrán entenderla e intentar  ayudarla, mas no podrán intervenir en sus decisiones ni en la de las personas que la rodean. Porque todos los seres humanos, absolutamente todos, crean a no, tenemos libertad de acción, y Emma no es la excepción.

Emma es una niñita muy bonita, bajita, de cabello largo y oscuro, con ojos grandes y una sonrisita pícara. Tiene una hermana mayor y una hermana menor. Vive con ellas y sus padres en una casa mediana, con un gran jardín. Emma adoraba a sus hermanas, pero como suele suceder con muchas hijas del medio, ella tendía a jugar sola porque a sus hermanas les gustaba jugar a lo mismo y se llevaban mejor entre ellas. Emma era más risueña que sus hermanas y muy charlatana. Era la única de las tres que solía mandarse macanas graves, según sus padres, aunque a veces ni ella entendía que era lo que había pasado, que mal había hecho para recibir semejante reto.  

En cuanto a mamá y papá, eran una pareja muy joven. Mamá era ama de casa y había tenido a su primera hija de adolescente, por lo que había abandonado la escuela secundaria yéndose a vivir con su novio, luego marido, en busca de una ilusa independencia. En esta nueva independencia ella sería la dueña y señora del hogar y por fin sería ella la que tomara las decisiones. Pero con esa “independencia” se irían sus sueños de seguir estudiando y de una vida de adolescente, y así darle la bienvenida a una mujer adulta responsable y a cargo de otra vida, y luego dos vidas más. Esta nueva independencia se transformaría en una cárcel, que la mantendría confinada en una casa  en donde sólo cocinaba, lavaba, planchaba y criaba a sus hijas. Cada día sería igual al anterior y su nivel de frustración iría en ascenso a toda velocidad tornándose insoportable, tan insoportable que el sólo hecho de escuchar a sus hijas peleando, a la del medio hablando sin parar, la harían entrar en crisis cada vez más seguido, queriendo salir corriendo y preguntándose todos las noches antes de dormir, que hubiera pasado si no hubiera quedado embarazada, qué hubiera pasado si hubiera optado por dedicarse sólo a vivir para cumplir sus sueños. Ahora miraba hacia el costado y veía a un hombre totalmente dormido y exhausto de tanto trabajar para darles todo lo que podía. Un hombre que no amaba ni un poco. Lo quiso, pero nunca lo amó. Fue para ella en ese entonces, el medio para salir de la casa en la que vivía. Fue la única manera que encontró, la única respuesta válida. Tiempo después se daría cuenta que había sido la peor decisión que había tomado. No era feliz. Nunca lo amó, nunca lo haría. Jamás le demostró amor, pero tampoco se separaría de él. Toda esa frustración que le salía por los poros, tocaría de cerca a los seres más inocentes que compartían la vida con ella casi las veinticuatro horas del día.

Vamos con el papá. El estaba completamente enamorado de su esposa. El se enamoró de ella al poco tiempo de conocerla y la amaría hasta el último día. No concebía la vida sin su esposa y era completamente dependiente de ella. Todo lo hacía para y por ella y sus tres hijas. Todo lo que su esposa dijera para él era lo correcto y confiaba ciegamente en todas sus decisiones, porque era su esposa la que hacía y deshacía por ambos. A lo largo de su vida soportaría humillaciones, desplantes, gritos, frialdad, desamor, falta de contacto tanto físico como emocional. No importaba lo que ella hiciera. El no imaginaba su vida sin ella. Siempre se dijo que el día que se casara iba a cuidar a su esposa hasta el último respiro al contrario de lo que él había vivido con su madre. Teniendo que soportar verla golpeada hasta el cansancio por su propio padre una y otra vez. Fueron tantas las veces que vio sufrir a su madre en manos de su padre que esto lo marcó de por vida. Posicionándose así en el polo opuesto y cediéndole así a Andrea, su esposa, el poder de rechazarlo y hacerlo infeliz tantas veces se sintiera frustrada.

Con este panorama en sus vidas armaron su familia y es donde nosotros vamos a acompañar a la pequeña Emma, la charlatana de la familia y súper cariñosa, al menos en su niñez.    

12 de Septiembre de 1991. Emma está sentada con el cuaderno de tareas lleno de divisiones para practicar porque le va muy mal en Matemáticas y la mamá la puso a practicar toda la tarde. Emma no logra retener el proceso, una y otra vez le explican y se lo olvida. Otras veces le explican y no entiende pero no dice nada porque ve a su mamá de pésimo humor. No es bueno que mamá esté de mal humor, menos a la hora de hacer tarea de Matemática. Trata de decir desesperadamente alguna respuesta correcta antes de que su mamá estalle de rabia. Sus hermanas están también haciendo su tarea en silencio, sintiéndose mal por ella, pero la que lo pasaba realmente mal era Emma porque era a la única que le iba muy mal en la escuela. Las Matemáticas habían sido un problema para ella desde siempre. El primer recuerdo que tiene intentando aprender algo de esta materia es a los seis años. La famosa tabla del dos, aproximadamente en segundo grado.

Andrea: (gritando luego de varias veces preguntar la tabla en forma salteada y no recibir respuestas correctas) “¿Emma cuánto es 2x4?”

Emma: “¿Ocho?”

Andrea: “Bien. ¿2x9?”

Emma: (Extremadamente nerviosa, con toda la cara roja, las manitos temblando y esforzándose por no llorar)”No sé ma”.

Andrea: “¡Pensá carajo, pensá! (tocándole bruscamente la frente).

Emma: “¿28?”

Andrea: “¡No!, ¡2x8 dije!

Emma: “¿26?” (Con la mente totalmente en blanco, como si fuera que los gritos fueran hacerle recordar algo).

Andrea: “¿Emma vos sos pelotuda? (le da una cachetada fuerte).

Roberto (papá): “Pará un poco negra”

Andrea por supuesto ignora a su marido. A Emma le empiezan a caer un mar de lágrimas y ahora tiene todo un cachete marcado con la mano de su mamá. Está totalmente horrorizada porque sabe que le va a seguir preguntando y es consciente que no sabe ninguna respuesta y cada vez que le pregunta es peor, porque más se bloquea.

No se atreve a mirar a su papá pero desea tanto que haga algo. Que le diga a su mamá que pare, que la deje descansar y no comprende porque es testigo de esto y no hace nada al respecto.

Andrea: “¡2x7!” (A los gritos).

Emma: “18”.

Andrea se levanta de la silla, agarra a Emma de la ropa, la levanta bruscamente y la lleva a los saltos a su pieza. Emma empieza a llorar a los gritos, le chorrea la cara de lágrimas y moco. Andrea cierra la puerta quedando las dos en la pieza, la zarandea de la ropa, la sienta en la cama y la vuelve a levantar, mientras le grita y le sigue preguntando a los gritos la tabla del dos. Emma, sigue contestando cualquier cosa, llorando con desesperación y miedo porque estaban las dos encerradas en la pieza. Su papá no viene. No la detiene. Su mamá se cansa de gritar y de revolearla para todos lados y le grita que se va a quedar ahí hasta que se sepa toda la tabla.

Ese recuerdo recurrente tenía Emma siempre que tenía que hacer algo de Matemática.

Por suerte para ella, su hermana mayor sabía dividir bien por todas las cifras y no quería que la retaran otra vez. Entonces a escondidas le hizo todas las cuentas. Emma se las mostró a su mamá.

Andrea: “¡¡Bieeen!! Por fin las hiciste bien.

Emma se sintió mal porque no le gustaba que la felicitaran si no se lo merecía. Además ya iba a tener otras cuentas y no iba a estar su hermana para resolvérselas.

Enero 1993. Emma ya tiene diez años. Estaba muy contenta porque tenía puesto un vestido con muchas florcitas rojas que adoraba y unos zapatitos negros. Le encantaba como estaba vestida y cuando estaba de buen humor hablaba más que de costumbre y era mucho más cariñosa que de costumbre. Andrea estaba afuera colgando ropa y con un humor, “para variar”, impredecible. Emma se acercó a ella y empezó a hablar, hablar y hablar sin parar. Andrea ni la miraba, ni le contestaba. Siempre solía hacer eso. La ignoraba por un rato, y cuando decidía contestar lo hacía con un grito.

Andrea: “¡¡Ya te escuché!! ¡¡Callate un rato Emma!!  

Para Emma esas palabras eran como un golpe en el corazón. Si a una persona grande alguien le dice “¡Callate un rato!” no le va a hacer gran daño. Pero para una niña de esa edad, que su mamá le grite eso cuando ella está feliz, contándole algo, es muy doloroso. Emma tragó saliva y se calló y siguió callada y se fue a otra parte del jardín, con un nudo en la garganta, con ganas de llorar, pero sin llorar.

Junio de ese mismo año. Emma sólo recuerda  haberse mandado alguna travesura, ya ni sabe qué. Sólo recuerda tener puesto unas medias can-can negras, botitas abrigadas por dentro, pollerita de jean y camisa abrigada. Algo grave se habrá mandado porque Andrea la llevó hasta la pieza y empezó a pegarle en la cola una y otra vez. No eran golpes de puño ni mucho menos, pero dolían, y ella no paraba. Emma lloraba a los gritos y esto era lo que pensaba en ese momento:

Emma: “¡Por favor Dios que pare!, ¡perdón Dios, perdón!

Fue tanto lo que lloró y se asustó que teniendo casi once años se hizo pis encima y recuerda la sensación de las medias can-can mojadas con pis y su mamá más enfurecida aún, tironeándole la pollera y las medias para quitárselas.  

Roberto no estaba en casa como de costumbre. Tenía dos trabajos. Trabajaba de sol a sombra porque con un solo trabajo no alcanzaba.

Emma ya limpia, seca, con otra ropa y con la cara deshinchada escuchó el portón de su casa. Su papá había llegado. Nunca se había sentido tan contenta y con alivio de que llegara su papá que era el bueno de la película.

Emma: “Paaapiiiii” gritó cuando fue corriendo a abrazarlo al portón.

Roberto: “Ehh ¿qué pasó?

Emma: “Nada”

Pasaron un par de años y de experiencias así unas cuantas. Por supuesto también tenían otras experiencias lindas. Pero estamos viviendo con Emma una tras otra las experiencias que fueron haciendo una gran lastimadura y formando su personalidad.

Un Sábado a la tarde cualquiera. De visitas una familia amiga. Los padres adentro tomando mate y afuera Emma, sus hermanas y sus amigas. Todo era juego y correr afuera hasta que a Emma se le ocurre decir no sé qué cosa que no pensó que era un “insulto”, lo dijo sin saber que era tan malo. La llama su mamá desde adentro.

Andrea: (En el comedor junto con todos los presentes)”Emma vení para acá”.

Emma se acerca un poco con miedo, sabe que se viene un reto pero eso ya no es tan grave. Lo grave es que la va a retar delante de todos. Adultos y chicos están callados mirando.

Andrea: “Emma vení más cerca”.

Estela: (Amiga de Andrea) “Bueno Andre ya está, no es para tanto, no le pegues”.

Emma se acerca con la boca temblando.

Andrea: “¿Qué le dijiste a Vanesa?”

Emma: “Cállense carajo”.

Andrea le propina una cacheta tan fuerte que su cara giró de lado a lado. Emma apenas lloró. Se murió de la vergüenza. No sabía que lo que había dicho era para tanto. Otra vez la sensación del nudo en la garganta por tragarse todo ese llanto contenido.

El tiempo pasa. Esta vez Emma no hizo nada, pero no por eso fue menos duro.

En la casa de Emma ya se sabía que volcar el jugo o la leche era para cobrar y para gritos. Andrea no podía concebir que tuvieran un accidente y por ende tener que limpiar ese desastre.

Una tarde durante la merienda quien volcó el café con leche recién hecho sobre la mesa, fue su hermanita Camila. La escena fue tremenda, los gritos, la madre de las chicas zarandeando de la ropa a la hermanita que lloraba con toda su carita roja. Camila había volcado sobre la mesa y le había caído sobre su ropa. Andrea la llevó a los cachetazos al baño y le tironeó la ropa, dejándola sin pantalón y sin bombachita ya que todo estaba mojado con café con leche. La escena fue totalmente triste porque así como estaba semi-desnuda la mandó a buscar un trapo y ponerse a limpiar el piso. Ella era chiquita, no sabía donde se guardaban los trapos y como no los encontraba, más se enfurecía Andrea. Buscó el trapo y se lo dio para que limpiara agachada en el piso mientras ella le pegaba en la cola sin ropa. Camila pasaba el trapo llorando y soportando el castigo. Hasta el día de hoy Emma recuerda la impotencia que sintió. Ella también era chica, su hermana mayor también. Fue la primera vez que Emma sintió el impulso de enfrentarse a su madre. Sentía que no le importaba nada, porque ver a su hermanita así era peor que cualquier castigo que pudiera tener ella. Estuvo a nada de ir a gritarle a su mamá. Pero no lo hizo. Su hermana mayor se sentía igual que ella. Fue una de las tantas veces más que tuvo que tragarse el llanto con un nudo muy doloroso en la garganta.

Pasaron unos años más. Estamos ahora con Emma adolescente. Una Emma excelente y con las mejores notas en todas las materias. Súper independiente. Pensando que carrera seguir después del secundario. Seguir lo que le gusta no es una opción, ya le dijeron que se va a morir de hambre. Tiene que ser algo que “le deje plata”. Muy pero muy atrás quedó esa niña dulce que siempre había soñado con ser maestra jardinera y escritora. Dulce, efusiva, súper traviesa y charlatana. La Emma que había crecido había borrado casi por completo cualquier rastro de dulzura y picardía. Ahora era responsable, independiente, inteligente y fría. Con la carrera elegida en base a lo que le convendría, totalmente incapaz de demostrar cariño. Sin ser capaz de decir un “te amo” ni en chiste. Reaccionando como su madre lo hacía, con el mismo carácter. Había encontrado así la manera de ser “útil” y aceptada tanto para su madre como para su padre. Ya sabía de memoria como pensaba su madre como una persona que se considerara “alguien” debía ser. Pareciera que necesitar del cariño de alguien era para tontos, era ser menos. Ella quería ser alguien fuerte como su mamá. Y pedir cariño o brindarlo ya no entraba en su cabeza, era inconcebible, menos si no quería volver a tener ese sentimiento de rechazo y ese nudo en la garganta.

De nada le sirvió a Emma planificar una vida perfecta. Se terminó volviendo la enemiga número uno de sus padres. Nada salió como lo esperado. Claro que nada salió bien, si todo era una bomba de tiempo. Era cuestión de tiempo para alguien encendiera una chispa y explotara toda la mierda por los aires. Y la chispa llegó en forma de novio. Un novio inconcebible para Andrea y su marido. Un novio que sólo vendría a evidenciar todas las carencias afectivas y traumas de la infancia, tanto propias como de Emma. Pero eso ya es otra historia.

Emma terminó siendo expulsada de su casa con sólo diecisiete años para nunca más volver. Aunque ella estaba feliz de irse con ese novio. Intentó arreglarse con su familia dos veces y volver, pero no duró más de dos semanas. Porque pretendían ponerle un bozal a un perro que ya se había vuelto de la calle. Intentaban que Emma se adecuara a las viejas reglas de la casa después de todo lo que había pasado.

Al fin ella tomaría sus decisiones. Perdón… ¿adolescente que se va de su casa buscando tomar el control de su vida, su independencia? ¿No les suena familiar?, ¿esto no es historia repetida?  

Una Emma adulta nos diría hoy que no tiene nada que perdonar. Que sus padres hicieron lo mejor que pudieron en base a lo que ellos vivieron. Pero una Emma adulta y más consciente diría “Cada mínimo acto, gesto o palabra que tenemos con nuestros hijos les está dejando una marca profunda, un trauma, una cicatriz, que va a repercutir en toda su vida adulta y que no siempre se puede sanar, porque la mayoría de veces ni siquiera se sabe que está ahí”. La historia se repite generación tras generación. Hasta que alguien despierte y se vuelva el enemigo, la oveja negra de la familia, y con todo el dolor encima logre revertir al menos algo de lo que se suponía iba a ser…  

    

 

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